EL PILOTO AUTOMÁTICO (O LA INTERACCIÓN ENTRE MOTIVACIÓN Y DISCIPLINA)

Personalmente siempre me ha funcionado. A mucha gente le habrá pasado igual, pero sólo puedo hablar por mi experiencia. Cuando la motivación se me escapa, recurro a la disciplina, que me ayuda a encontrar a la primera. Muchas veces algún evento laboral o extralaboral evapora la motivación. Un error en nuestro trabajo, una meta no alcanzada, un injusto reproche del jefe, un trámite administrativo que nos golpea o hasta alguna circunstancia familiar que nos trastoca (entre mil eventos posibles) puede afectarnos de tal manera que no encontramos la pequeña dosis diaria de motivación que necesitamos para hacer lo que debemos hacer. Se nos antoja cualquier cosa menos meterle el pecho al trabajo que tenemos por delante. Cuando eso me ocurre, apelo a mi piloto automático.
Mi piloto automático me permite algo así como cortar temporalmente el deteriorado vínculo entre entusiasmo y obligación (hacer mi trabajo aunque no esté motivado), mientras restituyo la sanidad de ese vínculo (hacer mi trabajo impulsado por la motivación). Es como desconectar un aparato eléctrico para repararlo y una vez reparado volver a enchufarlo… Empiezo entonces mi labor, con el mismo cuidado de siempre, al mismo ritmo de siempre, con la misma responsabilidad de siempre, con la misma dedicación de siempre, aunque sin el entusiasmo de siempre. Es decir, recurro a la disciplina, al compromiso de hacer lo que tengo que hacer aunque no tenga ganas de hacerlo.

 

No pasa mucho tiempo sin que ocurra alguno de estos tres fenómenos: 1) Que realizando el trabajo que inicié por disciplina me descubra haciendo lo que me gusta y sé hacer (me reencuentro con una cualidad del trabajo que disfruto y me permite utilizar mis capacidades); 2) Que ese trabajo que estoy haciendo a fuerza de compromiso me lleve a alcanzar alguna pequeña meta o me permita avanzar sensiblemente hacia una meta mayor (entonces me embarga un sentimiento de logro que me devuelve el entusiasmo); o 3) Que el trabajo disciplinado me atraiga alguna recompensa inmaterial inmediata y no esperada (algún elogio a mi trabajo que me brinda inspiración, por ejemplo). Cualquiera de las tres consecuencias (disfrute del trabajo, sentimiento de logro o reconocimiento), o una combinación de ellas, me devuelve la motivación. Sin darme cuenta el “termostato motivacional” ha apagado mi piloto automático
Voy a ilustrar lo que planteo con un ejemplo traído del deporte. Se trata del caso de un amigo a quien le gusta practicar el futbol. Hace de defensor y algunas veces, me cuenta, asiste sin entusiasmo a un partido por algún error cometido en la jornada anterior que le ganó las críticas del entrenador y las burlas de sus compañeros de equipo. Va sin entusiasmo, me comenta. Solo lo mueve la disciplina y el compromiso. Pone su piloto automático, es decir… No han pasado quince minutos cuando el contacto con el balón y el forcejeo con los jugadores del otro equipo lo hacen sentir haciendo lo que tanto disfruta. O a veces ocurre que un despeje suyo sirve para conjurar un avance contrario e iniciar un contraataque de su equipo. El sentimiento de logro empapa su playera. O, a veces, protagoniza una atrevida jugada que impide una anotación contraria; y los compañeros se acercan a felicitarlo; y los fanáticos del equipo baten palmas en su honor. A medio partido, ya el amigo está impregnado de motivación y el piloto automático se ha desconectado.
Le sobra razón a la reconocida atleta brasilera (más conocida, por supuesto, que mi amigo el futbolista) Fernanda Maciel al afirmar en una reciente entrevista para una revista deportiva: “Cuando me falta la motivación, sale la disciplina”

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