GERENCIA NIVEL VIZQUEL

Con frecuencia oímos o leemos que una de las características más importantes de un buen gerente es su capacidad para “resolver problemas”. Me atrevo a sugerir que esa es una verdad a medias. Pienso que hay una habilidad tan o más importante que ésa: la capacidad para “evitar problemas”. Uno de mis profesores en el IESA (Instituto de Estudios Superiores de Administración, Caracas) hacia siempre hincapié en que el mejor gerente no es el que resuelve más problemas, sino el que los evita. Esa norma orientó mi trabajo a lo largo de mi prolongada pasantía por la administración pública y la gerencia universitaria.
Por supuesto, un gerente hábil para resolver problemas es preferible a uno que no sepa resolverlos. Pero es mejor todavía un gerente que sea capaz de preverlos y prevenirlos. Para un observador desprevenido, es llamativa y loable la acción de un gerente que está siempre afanado apagando incendios organizacionales y retirando escombros administrativos. Al contrario, puede que parezca fácil (y no digna de aplausos) el trabajo de otro gerente que nunca tiene incendios ni derrumbes en su organización, y que hasta pueda tomarse tiempo para un conversado café a media mañana. Puede parecer que el segundo gerente “la tiene fácil” o que por suerte le ha tocado dirigir una organización sin problemas. Pero lo que probablemente ocurre es que el segundo gerente ha sido capaz de conjurar incendios y derrumbes. Este tipo de gerente hace que dirigir una organización o una parte de ella parezca tarea fácil. Posiblemente ambos gerentes se enfrentan a los mismos problemas, pero mientras el primero se da de trompadas con los problemas que se le han venido encima, el segundo salió a buscarlos y a conjurarlos antes de que lo sorprendieran. Por supuesto, esa habilidad para “oler” los problemas antes de que nos ataquen (como esos animales salvajes que huelen a distancia la presencia del depredador o de la presa y actúan en consecuencia) es una mezcla de conocimientos, visión sistémica, experiencia e intuición.
Trataré de ilustrar el punto haciendo analogía con una historia extraída del mundo deportivo. Omar Vizquel fue un campocorto venezolano, ganador de once guantes de oro como mejor shortstop de las grandes ligas y está considerado como uno de los mejores jugadores defensivos de todos los tiempos. Su seguridad y su elegancia en el fildeo hacía que verlo jugar fuera, como dice una vieja canción, “una experiencia religiosa”… Lo que para otro shortstop de su generación era una jugada de rutina, para Vizquel también lo era. Tal vez la única diferencia era la gracia con la cual ejecutaba el lance. Pero lo que para otro shortstop era una “gran jugada” (como tirarse de cabeza para atrapar un rodado y desde el suelo lanzar la bola a la primera base), para Vizquel era un simple trámite. Con la seguridad y la elegancia antes mencionadas interceptaba la pelota y la lanzaba a la inicial. Y podía ser el mismo rolling. Pero la experiencia, el conocimiento y la intuición de Vizquel le permitía “adivinar” la fuerza y dirección de la bola para salir a buscarla con comodidad. Vizquel hacía fácil una jugada que para cualquier otro jugador de esa posición representaba un gran esfuerzo. Ahora, cuando Vizquel hacía una gran atrapada, de esas que arrancan la ovación del público, era porque esa pelota no la atrapaba ni Dios que se hubiera puesto el uniforme de los Yankees.
Algo similar pasa cuando comparamos un gerente normal con un gerente de lujo. Ante situaciones rutinarias no va a notarse la diferencia, salvo por la rapidez y”elegancia” con las que el segundo las aborda. Ante una situación crítica, mientras el primer gerente es sorprendido por el problema y lo abate después de arduo combate, el segundo gerente había “olido” el potencial inconveniente y lo había liquidado antes de que tomara cuerpo. En un mundo de múltiples interacciones y de pasmosa velocidad hay, obviamente, algunos inconvenientes que no pueden predecirse ni evitarse, pero un gerente de alto calibre siempre está preparado para minimizar las consecuencias y estabilizar la nave con el menor costo posible en tiempo y en recursos.
Por supuesto que un gerente de lujo puede cometer alguna pifia (a Vizquel se le escaparon ¡el 1,5 % de los batazos que pasaban por su jurisdicción!). Pero esa es la excepcioncita y no la reglota.

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